Grupo Editorial Del Caribe

Traducción: la transcreación literaria.

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GRECA


Durante 1996, en Buenos Aires, se publicó una discusión (Las versiones homéricas) donde Jorge Luis Borges declara que “Ningún problema tan consustancial con las letras y con su modesto misterio como el que propone una traducción”. El consagrado autor refiere al conocido debate entre traductores: ¿hasta dónde se puede dejar una obra traducida fiel al original que su lectura resulte ajena a la cultura que habrá de recibirla? El conflicto deviene en que muchas expresiones locales no se entienden exactamente en otras partes del mundo; o encima, tampoco cuentan con equivalentes en la nueva lengua receptora.

Citamos a Borges precisamente por su posición polémica ante el tema: Isabel Hoyos, biógrafa de este autor, nos dice que “Sus ideas sobre la traducción han dado lugar a numerosos debates. [Borges] No solo creía que la traducción podía superar al original, y que la alternativa y potencialmente contradictoria revisión del original podía ser igualmente válida, sino que también añadía que el original o su transcripción literal no tenían porqué ser fieles a la traducción final”. Esto llegó a tal grado que el propio Jorge Luis escribió “No soy de aquellos que juzgan que místicamente toda traducción es inferior al original. Muchas veces he sospechado, o he podido comprobar, lo contrario”.

Toda esta argumentación obedece a que la traducción, aparte de respetar la idea original del autor con fidelidad rigurosa su lenguaje literario, requiere presentar su texto de manera digerible para los nuevos lectores de un país ajeno al original del escritor. Las traducciones deben evitar completamente lo comentado por autores como Fernando Aínsa, quien se queja que en la actualidad la vida de los traductores es difícil porque “hasta las computadoras tienen programas para traducir”. Nada más alejado de la realidad:

Un traductor digital solo sustituye las palabras de un idioma original hacia el idioma objetivo que se le ordena, pero no así la melodía del texto, la literariedad de las expresiones o la riqueza del estilo del autor. Todas estas singularidades intrínsecas a la humanidad y no a la inteligencia artificial resultan imposibles de ser analizadas por las aplicaciones de traducción más avanzadas. Es donde el entendimiento, cultura y apreciación literaria del profesional en transcripción entran en acción.

A esto, Vermeer lo llama Skopostheorie o Teoría del skopos, “cuyo criterio general para la actividad translatoria es pensar que todo texto debe redactarse y funcionar para un uso”; se trata de una hipótesis de la traducción estrictamente funcional, la cual considera que ésta tiene que hacerse con un objetivo, dentro de la cultura a la que pertenece la lengua final y para unos destinatarios precisos.

El traductor profesional habrá de conocer ambas culturas (original y objetivo), no solo sabrá traducir palabras sino expresiones, e incluso, hasta situaciones y vivencias. De ahí la creencia del gran Borges, quien nos regaló verdaderas obras de arte de la traducción como La metamorfosis, de Kafka; Hojas de hierba, de Walt Whitman; o el Ulises, de James Joyce, por mencionar unos cuantos entre cientos de ejemplos.