Grupo Editorial Del Caribe

La escritura como testimonio

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GRECA


Otra de las diferencias manifiestas entre oralidad y escritura es la capacidad de esta última frente al embate del tiempo: la permanencia de los documentos escritos, gráficos y/o simbólicos publicados ante el pasar de los años es indiscutible. Dicho de una forma poética según el escritor José Víctor Martínez Gil: “La oralidad es un árbol con las raíces al aire”. Aunque para que esa continuidad resulte óptima, el decodificador debe conocer el código en el cual fue redactada inicialmente, de lo contrario se perderá en medio de infinitos significados posibles, como sucede con las piedras rúnicas o con las tablillas con inscripciones cuneiformes.

A partir del establecimiento de las lenguas actuales originadas desde el protoeuropeo y el sánscrito, los textos y pergaminos comenzaron a mantener su mensaje por encima del paso del tiempo. Y cuando los libros se popularizaron, el conocimiento humano logró su instauración final ante la temporalidad. Hoy día, los acervos bibliográficos (tanto impresos como digitales) son clave para la divulgación y la transmisión del saber de la humanidad.

Sin embargo, a pesar de esta solidez aparente, los textos cuentan con un rasgo intertextual que los vuelve vulnerables al paso del tiempo: la subjetividad de quien los produce. Fuera de pocos libros de reglas, leyes y aseveraciones universales (los cuales tampoco están libres de modificaciones posteriores), todos los demás se consideran opiniones cambiantes, personales y, por tanto, subjetivas. De acuerdo a Benveniste la subjetividad es la capacidad que tiene el locutor para presentarse como sujeto, es decir, el escritor hace uso de determinadas formas que la lengua pone a su disposición para imprimir en su enunciado marcas de su experiencia personal.

Para entender esto con más detalle, sirvámonos del acercamiento al texto desde el punto de vista psicológico de Gordon Wells. Según él, existen cuatro niveles de uso (los cuales no son funciones, lingüísticamente hablando):
1. Ejecutivo (o básico): el control del código escrito, esto es, nuestra capacidad de codificar y descodificar los signos gráficos.
2. Funcional: incluye a la comunicación interpersonal y requiere un conocimiento previo de los distintos contextos, géneros y registros usados en la escritura.
4. Instrumental: uso de la lectoescritura para acceder al saber científico y disciplinario.
3. Epistémico: es el nivel más desarrollado cognitivamente, en el cual cada autor transforma la información desde su propia subjetividad.

De los anteriores, es el nivel más desarrollado (el epistémico) el cual nos permite darnos cuenta de qué es lo que valida a un texto con el paso del tiempo: la aceptación por parte de la sociedad de su contexto histórico, así como de las venideras. No obstante, esto no evita que cada libro sea el testimonio tangible de una experiencia personal una vez que es expuesto a sus posibles consumidores. De esta forma, los libros resultan testimonios distintos y válidos listos para su lectura y reflexión por lectores tanto presentes como futuros. Y el conjunto de todas estas opiniones escritas e inmutables es uno de los pilares fundamentales de lo que todos conocemos como cultura humana.