Grupo Editorial Del Caribe

Entre editores, letras y un mito

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Quienes nos dedicamos al noble oficio de la edición de libros, vemos pasar entre nuestras manos una infinidad de manuscritos de muchas clases. La mayoría de ellos terminarán en formato de libro, aunque similares en sus características generales, en sus particulares pueden conllevar un sinfín de posibilidades desde comunes hasta francamente extravagantes.

Ejemplos de ello los hay en todas las editoriales del mundo, no solo en la nuestra, GRECA, donde ya nos hemos enfrentado a verdaderos retos creativos al momento de compaginar contenido y soporte final, sobre todo teniendo en cuenta que nosotros usamos la tecnología de la realidad aumentada como una manera de aportar innovación y vitalidad a la obra impresa.

Entre las curiosidades editoriales memorables del pasado podemos encontrar la Biblia políglota complutense, una compilación de las Sagradas Escrituras en varios idiomas iniciada por el cardenal Cisneros en 1502 que no vio la luz de la imprenta, sino hasta ¡15 años después de iniciados los trabajos! Esto la convierte en la edición más prolongada de la historia.

Asimismo, la Hypnerotomachia Poliphili (o discurso del “Sueño de Polífilo”) editada por el reconocido impresor Aldus Manutius, es uno de los productos editoriales más polémicos: considerada una obra maestra del oficio debido a sus cuidadas ilustraciones, una aparente inexistencia de erratas, impecable tipografía usada, así como a la finura y legibilidad en sus tintas, contrasta grandemente con el hecho de que el autor, Francesco Colonna, no usara fuentes fidedignas en muchas de sus citas, además de incluir símbolos arcaicos inventados y lenguas antiguas inexactas. ¿Una edición tan cuidada en su elaboración para un texto en apariencia descuidado? En el mundo literario y editorial, las exageraciones planeadas abundan, por lo cual, en este caso, pareciera obvia la falta de contexto.

Estas rarezas extraviadas entre editores, muchas veces se alejan del conocimiento popular, pero una vez ven la luz, sus detalles maravillan a grandes y chicos. También así, por mala fortuna, resultan ser las de dominio público, basadas en el desconocimiento de la historia de este noble oficio, como el clásico error de que Gutenberg inventó la imprenta.

Craso error de los principiantes en la labor editorial y de los ajenos a ella: la acción de impregnar pintura en una lámina se remonta a China antigua, aunque no se poseen datos que lo confirmen. Sin embargo, el artilugio mecánico denominado imprenta (transferir tinta oleosa a un pliego de papel mediante moldes alineados sobre una plancha rígida, todo esto a través del uso de una prensa), inició con los antiguos romanos alrededor del año 440 y 430 a. C. El siguiente hito histórico vendría con la invención de los tipos móviles por Bi Sheng (otra mentira adjudicada al pobre Johannes), entre 1041 y 1048, aunque fabricados en porcelana, no en metal, la verdadera contribución del orfebre alemán. En resumen: lo que en realidad le debemos al brillante Gutenberg, es el montaje de un sistema semi automatizado de impresión, el cual se basaba en tipos móviles metálicos, así como en algunas partes mecánicas de mayor firmeza. O sea, la ingeniería requerida para una verdadera revolución cultural gracias a la sistematización de la producción, resultando en una proliferación de libros impresos. El antecedente directo de las editoriales e imprentas modernas.

Lo anterior resulta memorable si recordamos que todos los textos anteriores a 1450, fecha en la cual Gutenberg hizo las principales mejoras a sus talleres de producción, se consideran “incunables” pues pertenecen a la “cuna del oficio editorial”, o sea, cuando éste apenas estaba naciendo.

Dentro de este contexto histórico promisorio, el reconocido editor Aldus Manutius aprovechó sus capacidades intelectuales y creativas para desarrollar, por primera vez en la historia, las ediciones de bolsillo (en ese entonces conocidas como “de faltriquera”) a través de economizar costos sin demeritar la calidad de edición e impresión, todo en aras de hacer llegar los textos clásicos a la mayor cantidad de lectores de cualquier estrato. Muchos de nosotros, amantes de los libros, le estaremos eternamente agradecidos por tan fructífera ocurrencia.

La mayoría de las editoriales funcionamos teniendo en mente el objetivo común al de Aldo en su momento: llegar a la mayor cantidad de lectores posibles sin aumentar los costos de producción innecesariamente a fin de evitar que los libros no se vendan por resultar demasiado caros. Sin embargo, en GRECA queremos añadir un plus a ese objetivo: aparte de la divulgación, mejorar la experiencia lectora. Esto a través de los medios cibernéticos existentes como lo es la realidad aumentada. ¿Acaso, como editorial, estamos ante un nuevo cisma de la industria, una revolución respecto al uso y manejo de la tecnología digital en los libros impresos?


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