Grupo Editorial Del Caribe

De la hoja en blanco al libro

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Mi conflicto no es la falta de ideas para escribir, sino el miedo de mostrarle al mundo lo que escribo. Eso es lo que me hace falta para ser un Escritor, lo sé…

Aún recuerdo cómo llegué a la editorial: una oficina de estilo moderno repleta de libros en sus paredes, escritorios alineados como en las aburridas oficinas gubernamentales, y toda la gente absorta en su propias tareas. Aunque en el ambiente flotaba cierta camaradería, a mí me pareció un lugar árido, sin emoción. Hoy, tras todo el camino recorrido, entiendo el porqué de mi sentir: estaba ahí pletórico de miedo, con recelo, a la espera de qué rechazaran mi manuscrito tildándolo de innecesario y mediocre.

Nada de eso, me recibieron cordialmente. Desde las primeras palabras del editor, comencé a sentirme en confianza. Poco a poco relajé mis brazos, mi postura cambió y mi estrés cedió a la naturalidad. No recuerdo todas las veces que repitieron su interés por leer mis textos, lo de la creencia de que los editores se alimentan de las almas de escritores temerosos, y aquella idea de familiaridad compartida por dedicarnos a lo mismo, ya sea redactar, corregir, investigar o, sobre todo, el mayor de los placeres, leer.

La plática inicial fue cordial y entusiasta. Me enteré de cosas que jamás había sabido, de un oficio antiguo basado en el conocimiento de las percepciones de quienes escribimos para lograr fortalecer y conformar la mejor versión de un texto a fin de convertirlo en un libro presto a ser devorado por los lectores. Tipografía, Lingüística, diseño editorial, ilustración, planeación y desarrollo de proyectos, todo unificado para un objetivo común: tener mi primer libro en las manos.

Así fue que el arduo proceso comenzó. Meses de correcciones ortográficas y de estilo, a veces salpicadas de un estira y afloja debido a falsas creencias populares sobre el idioma, pero que al final únicamente buscan alcanzar la norma lingüística requerida para que la lectura resulte fácil y objetiva para quien consuma el libro. Luego llegaron las correcciones ortotipográficas, enfocadas a evitar los errores resultantes por el acomodo de las letras y las palabras directamente vertidas sobre las cuartillas; mi curiosidad se mezclaba con una alegría extraña jamás sentida antes. Y mientras tanto, el trabajo de los diseñadores editoriales, los ilustradores y los editores dándole forma al producto para terminarlo de la mejor manera posible. De pronto era como volver a ser un niño: emocionado, nervioso, con grandes dudas a la par de proyectos alrededor del suceso que se avecinaba.

Jamás me será fácil expresar cómo esa emoción inicial comenzó a crecer en mi interior conforme el desarrollo editorial se fue dando, hasta llegar a desbordarse dentro de mi ser… Cada día un avance más; cada día una ilusión mayor por ver a mi primer hijo artístico ya nacido. Los sueños y planes a futuro empezaron a agolparse en mi cabeza como nubes inmensas vistiendo al más hermoso de los firmamentos. Incluso hubo noches que soñé con tenerlo en mis manos, abrirlo, mostrarlo a los demás, hablar de él, mirarlo en algún librero entre sus demás compañeros de lectura. Lenta pero constantemente, uno de mis sueños se estaba convirtiendo en realidad.

Cuando me llamaron para verificar y dar el visto bueno al original mecánico, no cabía en mí de la emoción. Recuerdo que ese día fue de celebración y logros: una copa de vino, una cena deliciosa; tal vez un café con un exquisito postre, cualquier opción cálida era buena para festejar. Estar al alba de tener tu primer libro en las manos, es una satisfacción indescriptible.

Por eso, todavía recuerdo aquel día, no el que entré temeroso a la editorial; no en el que me sentí preocupado de que otros manipularan mis textos; no, sino aquel en que recibí en mis propias manos mi primer libro; mi primer hijo editorial. La concreción de mis ideas, de mis pensamientos, de lo que tengo que decir a todo el mundo. Porque para mí es muy importante y lo vale… ¡Aquí está y ahora soy oficialmente Escritor!


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