El Tren (Notas desde el Café de Leticia Santiago Lira)

Grupo Editorial del Caribe

En memoria de Don Joaquín García Galindo.
Francine fue una mujer bella. Su tez blanca resaltaba el rojo carmín natural de sus labios y sus cabellos dorados y rizados que se recogía hasta la coronilla de la cabeza, deslumbraban bajo los rayos del sol. Sus vestidos eran sencillos pero elegantes, siempre iba de delantal blanco, ribeteado de encajes almidonados hasta el tobillo. Trabajaba como camarera, en un hostal al suroeste de Francia, en Pèrigord, la tierra de las trufas, en la Dordoña francesa. Francine se encargaba de que las habitaciones olieran a lavanda y de que en cada mesa de centro hubiera un vaso con clavelinas blancas y manzanillas silvestres. Sus 17 primaveras las andaba con gracia e inocencia, y además portaba con elegancia su inquieta coquetería.

Abajo en la recepción, junto al comedor, el jefe de cocina descansaba mientras el nuevo aprendiz español, Ángel de 19 años, pelaba las papas. Monsieur Druot siempre de mala cara y pocas palabras, no dejaba que Ángel descansara ni un segundo. Cualquier pausa que se tomara para fumar su tabaco liado, bastaba para que Druot tildara de holgazán al joven. Pero Ángel, de impecable lipina blanca, cuando no fregaba y cepillaba papas, se disponía a limpiar las trufas o hasta lavaba las ollas sucias y las vajillas de porcelana, pues no pensaba ni por un segundo desaprovechar la oportunidad de su vida: aprender del mejor chef, especialista en trufas, que había en el mundo.

Ángel utilizaba el poco tiempo que tenía disponible en recorrer las alfombras rojas del hostal, a escondidas, para sorprender a Francine y ayudarla a cargar los ramos de flores de piso en piso. La cortejaba y se enamoraba. Su cuerpo bien formado y firme eran sus pensamientos de cada noche a solas en el apartamento de aprendiz. Tenía tatuado, en la palma de sus manos, el discreto roce con la piel suave de Francine cuando le arrebataba los paquetes. Sus ojos azules se cerraban, su rostro se ruborizaba, apenada, mientras Ángel le robaba un beso. Y así, hasta que caía dormido, agotado por el cansancio de la cocina.

Francine también se enamoró y por las noches suspiraba imaginando una vida entera amándolo y cuidándolo, inventándose una familia de verdad. Aunque Ángel era apuesto, alto y de facciones finas y muy masculinas, ella veía más al hombre protector, atento, respetuoso y amable, con un futuro verdaderamente promisorio que quiere toda mujer. Solo junto a él se sentía protegida, en paz y con el corazón hinchado de amor y a todo galope. La sangre le hervía y se sentía viva a su lado.

Así, llegó el tiempo de que el joven español regresara a su país. Francine le rogó que no se fuera. Trataba de entusiasmarlo para que alargara su estancia, ganando tiempo para convencerlo de quedarse con ella y hacer de ese pequeño poblado, su nuevo hogar. La Guerra Civil en España había comenzado y el valiente padre de Ángel había caído en la batalla. La joven viuda, su madre, envió un telegrama urgente a su primogénito ordenándole que regresara a hacerse cargo del sustento de sus tres hermanos más jóvenes. La batalla entre el “deber ser” y el “querer ser” había terminado.

Aquel día, en la estación del tren, Ángel se despedía de Francine. Prometió regresar a buscarla y llevarla a España, sellando esa promesa con un beso inundado de lágrimas. Se despidieron y el tren dejó vacías las vías; en el andén quedó Francine de pie, con el corazón hecho pedazos. Ángel nunca regresó…

Hoy, el viejo Ángel ha traído hasta mi mesa del café un libro de William Butler Yeats y me recomendó leer “Un corazón resistente”, era su historia; la que el poeta irlandés había imaginado, pero que le pertenecía. Me ha relatado la historia con los ojos húmedos, a los 82 años, con tres mujeres heridas, a quienes nunca amó tanto como a la joven Francine, y al menos seis hijos abandonados. Algunos años después, me confesó, buscó a Francine en aquel pueblo de la Dordoña francesa, donde ella había hecho su vida como él, a medias.

– ¡Bájate del tren! – me dijo – A veces haciendo lo correcto, nos equivocamos. Tomó su bastón, se puso su boina en la cabeza y se fue…

– ¿Me da un espresso doble con un chorrito de agua caliente? – pedí, mientras leía la primera frase del cuento: “ ‘Oh, padre, cuéntale tu aventura amorosa’. El viejo se sacó la pipa de la boca y dijo: ‘Nadie se casa nunca con la mujer que ama’, y luego, con una risa ahogada, continuó (…)”(1)

(1) “Un corazón resistente” de “El crepúsculo celta”, W. B. Yeats.