¿Quién fue primero: el premio o el autor?

Grupo Editorial del Caribe

La cancelación del premio Nobel de Literatura 2018 debido a escándalos sexuales en la Academia sueca, ha cimbrado con fuerza gran parte de la industria editorial. Y es que muchas personas, instituciones, empresas, e incluso gobiernos, tienen grandes intereses culturales y económicos enfocados en ello.

Ganar un premio de esta categoría provoca, de forma cuasi instantánea, una fama mundial para el autor galardonado, abriéndole infinidad de mercados literarios hasta entonces no explorados con tal impulso. Las editoriales se interesan en ellos, los distribuidores buscan monetizar sus inversiones tratando de posicionar los productos del ganador, algo no habitual en una industria constantemente golpeada por la disminución general del interés hacia la lectura. No es que los autores no reconocidos carezcan de importancia, pero el renombre otorgado por distinciones como el Nobel, confieren una rentabilidad económica nada despreciable para cualquier rubro empresarial.

El contexto anterior puede llevarnos a pensar que los premios hacen conocidos a los autores, siendo esto un grave error pues por lo general es al revés: son el tipo de escritores quienes, precisamente al ser condecorados con ciertos galardones, le otorgan importancia a los mismos. Expresado de otra forma, al premio Nobel no se inscriben los literatos con mayores ventas en el mercado o, al contrario, aquellos interesados en subsanarlas, sino que es una carrera literaria de renombre lo que les permite ser propuestos por diversas entidades culturales para ganarlo. Es su búsqueda estética a través del lenguaje, la manera en cómo abordan sus temas y la elección de las herramientas lingüísticas más propicias al momento de hacerlo, lo que lleva a un autor a merecer ciertas distinciones y reconocimientos.

Esta idea del premio funcionando a modo de broche de oro para una carrera literaria, proviene de no reflexionar sobre los antecedentes de tal caso. Es decir, para que un creador obtenga una distinción (sea cual fuere), debió trabajar de forma constante a través de muchos años atrás hasta alcanzar la madurez profesional.

Prueba y error nuevamente. Asimismo, cabe mencionar que, un galardón no solo proyecta al autor sino a la editorial quien lo apoya e imprime, así como también favorece a las instituciones directamente relacionadas con la formación y crecimiento de su literalidad. Todavía más, estaríamos olvidando los premios y reconocimientos para aquellos escritores inéditos aún (los otorgados mediante convocatorias y concursos), además de los existentes para autores noveles.

De esta manera, podemos dilucidar que los premios, sean cuales fueren, importantes o no, lejos de validar a un autor o un escritor como tales, reconocen la capacidad creadora y el profesionalismo respecto a su forma de producir. Jamás servirán para ratificarla o, en el peor de los casos, para sancionar a las otras no premiadas.

Pero, ¿y qué sucede con aquellos escritores sin galardón alguno hasta ahora? ¿Acaso no tienen acceso a parámetros calificadores para conocer su capacidad literaria o sus alcances editoriales? Nuestra respuesta en este caso es optimista: por supuesto que sí. Justo para eso es un dictamen editorial.